—No sabía que cantabas tan bien en portugués.
—Hace rato que estoy por aquí. No mucho, pero suficiente para aprender. Igual, lo que más me gusta es bailar. Pero acá todo se puede. Todo es válido. Todo es. Todo es. Todo es. .
—Nahuel, decime una cosa. ¿No extrañás?
—Ni un poquito. —Fede se quedó mirándolo serio. Nahuel comenzó a reírse—. Bueh… un poquitín extraño. Muchas cosas. Pero acá está la vida. Acá soy esto que quiero ser. Allá todo es neblina, gris, bocinas.
Nahuel se sentía a gusto. Daba clases de baile; no tenía compromisos ni de pareja ni horarios. Viajaba, participaba en festivales, se regocijaba mucho en la playa. Se sentaba, miraba el mar, contaba las olas…
«¿Cómo que contás las olas?», le preguntó, curioso, Fede. Las contaba hasta que dejaba de hacerlo, fue parte de su explicación, mientras se perdía, cuando contaba las olas y al hablar con Fede, en el mambo que le había regalado a su cuerpo al fumarse un rico porro.

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